BALCÓN DE PIEDRAS
Memorias de un vigía por José Simón Escalona

“LLUVIAS”

Los días de lluvia son dichosos para algunos y para otros trágicos. En la infancia angostureña clamábamos por las lluvias y hasta celebrábamos ceremonias indias para convocarlas. Aliviaban el calor, las sequías del patio de los árboles frutales y pronosticaban los pasteles de zapoaras del Orinoco. Con las lluvias se cargaban casi todos los árboles de mangos, naranjas, limones, tamarindos, guayabas, nísperos, lechosas, patillas, guanábanas, mamones, sarrapias, uveros y jobos de la India que almizclaban el enorme patio de tierra y piedras con aromas y colores excitantes. En la orilla, sin embargo, los pobladores de los barrios bajos comenzaban sus penurias. Nunca comprendí por qué los habitantes del caserío de “Perroseco” perdían todos sus pocos enseres con la subida de las aguas del rio hasta hacerlas desaparecer, y cuando pasaban los meses de agosto y septiembre, volvían a levantar su ranchería en el lodazal, dejando expuestos algunos despojos de animales entre el barro.

Mamá desde muy joven se empeñaba en visitar el barrio inundado y hasta se tomaba fotos sobre una piedra rodeada de las aguas desbordadas. Ella, que tanto se ocupaba de auxiliar a los damnificados, sin embargo no podía resistirse a la belleza del río en su esplendente caudal de las épocas de lluvia.

El Orinoco va dejando lagunas en sus alrededores a medida que bajan sus aguas, y en esas cuencas se crían las zapoaras que regresan al cauce del río padre cuando la estación de lluvia los desbordan. Es en ese tiempo cuando se pescan las engordadas zapoaras arrastradas por la corriente fluvial. En pleno Paseo Falcón se aglomeraban los pescadores y el gentío para comprar a precio de gallina flaca el pescado favorito de los guayaneses. La fiesta de la zapoara se adivinaba desde las primeras lluvias de mayo que tanto revuelven las aguas y aflojan el estómago. Pero en el curso de esos cuatro meses de lluvias, desde la celebración de la Cruz de Mayo hasta la pesca de la zapoara teníamos en la vieja casona de La Concordia también la celebración del agua. Cuando iniciaban las lluvias se inflaba en el patio de cemento pulido la piscina de plástico para disfrutar de la estación. La poníamos cerca del colector de agua de los techos de la casona, creando una enorme catarata fría y estrepitosa desbordando la piscina y los gritos bajo el chorrerón del agua y la paliza de su fuerza al caer. Recuerdo el día del jabón como algo especial, cuando se aprovechaba para lavar el tobogán que se adentraba a la piscina para nuestra diversión; la intención era lavar el plástico guardado durante meses y limpiar el tobogán de acero, los muebles de paleta, el piso de cemento pulido de aquel primer patio. Una suerte de pista de patinaje sobre jabón, peligrosísima cuando lo pienso hoy, servía de reto, de juego, de escándalo y alegrías familiares en el patio central. Papá daba la primera señal.

– Comenzó la lluvia, pónganse los trajes de baño. Y comenzaba el griterío, la fiesta, la alegría y los resbalones. Un día de aquellos, papá terminó chocando con los pipotes del agua de lluvia recogida como una bala humana cuando se lanzó por el tobogán enjabonado. La velocidad de la caída fue tal que sobrepasó la línea de contención del agua que colmaba la piscina resbalando de culo sobre el cemento espumoso y estrellándose aparatosamente contra los pipotes de hierro. Salió ileso, pálido, pero cuando lo vimos sonreír y reponerse con una payasada de triunfo, la risa nos contagió por horas y cada vez que se narraba la anécdota de la caída. Ya conté que mi padre era un hombre de enormes contrastes, seriedad y risas, poesía y rigor. El profesor de literatura y el animador de tremendidades.

Pero las lluvias tienen su lado amargo, y no solo desde los tiempos del desbordamiento del Orinoco y el daño a los menesterosos en sus ranchos de orillas. No escapan a mi memoria las tragedias de los deslaves, como aquel fatídico acontecimiento en Vargas o los derrumbes de  barrios empinados, campos y carreteras. Durante mis primeros años de profesor de liceos recuerdo con dolor los desastres que causaban en los sectores más vulnerables de nuestra ciudad capital. También las lluvias desbordantes se precipitaron algunas veces contra el Teatro Alberto de Paz y Mateos durante años Sede del Theja, acabando con parte del patrimonio de la agrupación

TERRITORIO HÚMEDO – THEJADANZA 2002

Mi hermana Angélica, a la que recién le celebramos su cumpleaños, realizó un montaje de danza teatro en 2002 con Territorio húmedo. Un espectáculo impresionante y no solo por la fuerza de su coreografía y puesta en escena con bailarines y actores, sino además por lo complejo que significó inundar el escenario con lluvia, barro y otros efectos especiales sin que el agua acabara con la tramoya, el entablado y el sistema eléctrico teatral. Aquel espectáculo trágico en su contenido pero bendito en su realización artística, ameritó de todos nuestros conocimientos y preparación de la tramoya escénica para hacerlo posible, y como el teatro había sufrido su propia aventura bajo las aguas, luego tuvimos que reconstruir nuevamente la casa como lo habíamos hecho a inicios de los años noventa cuando lo recibimos en comodato. Durante los más de veinte años que estuvimos en el Alberto de Paz y Mateos acometidos 3 reconstrucciones y remodelaciones a toda la edificación, por eso el público y los artistas decían que parecía una “tacita de plata”.

Somos gente acostumbrada a reconstruirnos. Es algo que admiro de nuestro gentilicio, de los venezolanos. Sea dentro de la casa, en el país o en el exterior, tenemos el espíritu de la recomposición, de sobreponernos a las tragedias sociales, criminales y naturales. Creo que nuestro país jamás tocará fondo en nuestras penurias, porque sabemos flotar sobre la adversidad. Estoy seguro que lo vamos a lograr de nuevo. El patio de los juegos bajo la lluvia volverá a resonar de risas y algarabía, porque la naturaleza de nosotros es tan heroica como nos enseña nuestra propia historia. Como la lluvia, todo pasará y reconstruiremos sobre el lodazal con arte.

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José Simón Escalona

Nace en Ciudad Bolívar, Edo. Bolívar, Venezuela, el 17 de mayo de 1.954. Estudió Arquitectura en la Universidad Simón Bolívar y Artes en el Instituto Pedagógico de Caracas. Inicia su actividad artística como actor en 1.967 y funda el GRUPO THEJA en 1.973, agrupación cuyos éxitos han traspasado nuestras fronteras y en la cual se desempeña como Presidente Fundador y Director Principal.

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