BALCÓN DE PIEDRAS
Memorias de un vigía por José Simón Escalona

“LA COLA”

Hacer cola se convirtió en un suplicio para los venezolanos. Nunca fue así, al menos para mí que soy un muchacho de pueblo. Recuerdo mis primeras colas cuando entré al primer grado de educación primaria en Ciudad Bolívar, un colegio público donde debíamos ponernos en “fila india”, como decíamos entonces, antes de iniciar la entrada a los salones de clases y decir buenos días, maestra. Era un patio amplio, arbolado, fresco y a la sombra del verdor tamizando la luz, creando efectos fantásticos sobre nuestros guardapolvos y sonrisas. Las palmas de las manos convertidas en mapas de alegrías y el deseo ansioso de sentarse en los pupitres de madera rustica pero al mismo tiempo lisa y limpia para acceder a la magia de la imaginación. En fila india, como los indígenas americanos notados por los extranjeros desde el descubrimiento cuando se desplazaban en grupos familiares o tribales por los senderos, abiertos o desconocidos para viajar de un lugar a otro, a uno nuevo, una promesa de una vida mejor.

La escuela me prometió hacerme un buen ciudadano, aprender a leer y recitar, que eran mis verdaderas pasiones por vocación asimilada de mis padres. En aquel colegio, en el segundo grado, realicé mi primer montaje con mis compañeros de salón, una versión muy personal, como continúo haciéndolo, sobre la leyenda popular “Los chimichimitos”. En fila india entrábamos al escenario de tierra improvisado en el patio de las luces y sombras, de la brisa y el aroma a yerbas. No, aunque lo parezca era un niño “sano”, tampoco de adulto fui ni soy aficionado a los alucinógenos, aunque sí puedo decir que viajo a mi propio ritmo, a los mundos de mis alucinaciones, impulsado por aquel sol y mis tribulaciones. Los chimichimitos según la leyenda de nuestro oriente nacional y en especial de la isla de Margarita, son los espíritus infantiles de los muertos sin bautizo. Duendes inocentes que bailan y juegan al son del tambor. En aquella versión se convertían en diablillos amenazantes. Los aplausos me hicieron suponer que no habían entendido mi puesta en escena llena de pirotecnia, maldades, sustos… de miedo. Nunca pensé que me adelantaba en el tiempo maluco.

Las filas se repitieron en el colegio caraqueño, en los liceos del oeste y hasta para inscribirme en la universidad. También como profesor tuve que cumplir horarios, encargado de las colas para el comedor estudiantil o para subir al autobús de las excursiones juveniles. Eran colas que prometían emociones, conocimientos, fervores, como las que hice para entrar en todos los museos del mundo, para llenar los teatros y óperas, o en las chalanas y aviones pasajeros. Colas como la afluencia de un rio que te lleva a la mar del vivir, no al mar que es el morir.

Hace días que hago varias colas madrugadoras, por la cédula, arrebatada en un asalto que no denuncié y se convirtió en una pesadilla y que aún continúo en trámites para obtenerla; colas para el pasaporte, colas para la gasolina, colas para desplazarse en auto por la ciudad, para pagar una cuenta imposible de supermercado. Aunque me rehúso a hacer una cola para entrar a un lugar donde un café cuesta más de tres veces que en cualquier lugar del mundo. En las colas inevitables, como las que debí hacer para vacunarme contra el virus pandémico, he visto todo tipo de bajezas, abusos, desconsideraciones y muy pocas solidaridades. Me duele ver que un anciano tenga que subir escaleras, prácticamente en brazos de algún familiar o amigos porque en ningún lugar hay ascensores ni mucho menos rampas para acceso de personas discapacitadas. Duele ver que alguien encaleta con celo una botellita de agua como si se tratara de algo ilícito, una arepa envuelta en papel de aluminio arrugado por varios usos, sentarse en un escalón y luego no poder levantarse por falta de fuerzas o exceso de peso o de edad. Es impensable el desorden y la arbitrariedad de los funcionarios que cambian reglas a su antojo. Exponen un horario de atención, por ejemplo, pero si no llegas antes de la hora en la cual reparten los números, ya no tendrás acceso al servicio. Al servicio, así como se escribe: servicio al ciudadano, que se convierte en tormento. No hay organización, no hay orden ni ley, solo la anarquía y la corrupción para “colearse”.

La crisis humanitaria tiene que ver con la pobreza que conlleva la falta de alimentación, salud, educación, de servicios básicos como agua, luz, transporte y comunicaciones. Si un gobierno es incapaz de cumplir con estos principios humanitarios, derechos humanos, no tiene razón de existir bajo ninguna circunstancia. El gobierno es un servicio al ciudadano, y ese servir patriota es la justificación para mantener el poder público. Cualquier otra desviación de la responsabilidad de ese poder lo descalifica para ejercerlo.

No estoy en contra de las colas, pues las filas indias forman parte de nuestra raza y cultura. Hay un guía que encabeza la fila, hay un sendero que se abre a los ojos del líder y que todos seguimos descalzos porque sabemos que nos van limpiando las piedras filosas del camino. El que guía no puede evadir su misión, no puede disculparse por los errores, tiene que evitarlos si quiere seguir al frente de la tribu. Nosotros ya no somos los chimichimitos aterrados porque perdimos el bautizo, tampoco somos los descamisados de taparrabos, pero las colas aquí y allá, para lo que sea tienen que convertirse en la posibilidad de un logro, no del calvario para recibir palos, azotes, burlas, maltratos inhumanos. Los diablos de la mentira, de la burla y la crueldad, no pueden guiar la cola.

José Simón Escalona

Nace en Ciudad Bolívar, Edo. Bolívar, Venezuela, el 17 de mayo de 1.954. Estudió Arquitectura en la Universidad Simón Bolívar y Artes en el Instituto Pedagógico de Caracas. Inicia su actividad artística como actor en 1.967 y funda el GRUPO THEJA en 1.973, agrupación cuyos éxitos han traspasado nuestras fronteras y en la cual se desempeña como Presidente Fundador y Director Principal.

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