Los Bridgerton (o el triunfo del melodrama centennials)

Finalizaba 1981 cuando RCTV me propuso mi primera: “La hija de nadie”. Un lord (Duque de Kendal) inglés que se enamora de una mestiza (Hazel Leal). Fue todo un éxito en su época en horario juvenil durante más de seis meses de transmisión. 40 años después nos encontramos con una serie inspirada y adaptada de las novelas folletinescas de la contemporánea escritora Julia Quinn (USA-1970) quien bien podría ser considerada como una de las discípulas de José Simón Escalona más que de Jane Austen.

Los Bridgerton es un melodrama en toda su esencia y en su incombustible existencia. No hay como acabar con un género que gusta, agrada y se expande más cuando se hace a conciencia y con una extraordinaria y estupenda producción firmada por Shonda Rhimes. Confieso que el primer capítulo se me hacía decepcionante. No entendía la chocante ucronía de una Inglaterra de la Regencia en moda “primer imperio” con un Duque ya no de Kendal sino “negro” con sus cruzados toques caucasianos. La raza negra ya no estaba relegada a la servidumbre (que en Inglaterra jamás llegó, eso fue en el sur de USA) sino que incluso la Reina Carlota, es negra: Golda Rosheuvel. Pero en el segundo capítulo, esa ucronía se fue asimilando con un código de amable canonización. Un mundo reducido a los bailes, el coqueteo con abanicos, las alianzas para emerger en la aristocracia, la presentación de las debutantes, la hora del té y los temibles y temidos comentarios de una cronista rosa: Lady Whistledown (en la ondulante voz de Julie Andrews) que va narrando a la modalidad brechteniana los meandros de las subtramas paralelas a la romántica y conflictiva pareja ad hoc: Daphne (Phoebe Dynevor) y el Duque Simon Basset (Regé-Jean Page). Todo sin nombrar para nada las diferencias raciales, no así las escaladas nobiliarias: Príncipes, Duques, Condes, Viz-Condes, Marqueses…

El entramado, texto y diálogos, obstáculos y quiebres dramáticos son perfectos. Los arquetipos en su peso y medida british, sin jamás llegar a la ponderación azteca. La musicalización es una combinación entre los clásicos de Vivaldi, Mozart y Beethoven hasta un inquietante y cinematográfico Nino Rotta. Rupturismo formal en un corsé de género. Vivan los anacronismos musicales que maridan con el buen decir de un centennials. El vestuario (Ellen Mirojnick) tiene todo el pulcro discernimiento entre el chillón kitsch hasta extemporáneos y turbadores tocados camps que armonizan con la necesaria y casi obligada sensualidad y erotismo de la serie. No hay corrección histórica sino, lectura alternativa y a veces alterativa de una época que nos acerca a veces al disco-music. Bailar un vals con el “invierno” de Vivaldi no deja de ser irónicamente cautivador. Eso es quizás otro de los elementos de la narrativa, tiene la opción a la burla cautiva, por ende, al fino humor inglés. El erotismo es frontal en la pareja romántica desde el capítulo 6. La protagonista de un melodrama no la da a la primera. Eso solo pasó en Leonela de Delia Fiallo y fue una excepción que sigue confirmando la regla. Es la primera vez, por cierto, que observamos varios coitos interruptus explícitos sin rozar ni de lejos la pornografía. Todo es correctamente folletinesco.

La segunda temporada la pedimos a gritos.

Javier Vidal Pradas

José Simón Escalona

Nace en Ciudad Bolívar, Edo. Bolívar, Venezuela, el 17 de mayo de 1.954. Estudió Arquitectura en la Universidad Simón Bolívar y Artes en el Instituto Pedagógico de Caracas. Inicia su actividad artística como actor en 1.967 y funda el GRUPO THEJA en 1.973, agrupación cuyos éxitos han traspasado nuestras fronteras y en la cual se desempeña como Presidente Fundador y Director Principal.

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