BALCÓN DE PIEDRAS
Memorias de un vigía por José Simón Escalona 

“DESNUDOS”

Recién graduado de bachiller tuve la fortuna de asistir a una filmación de “Cuando quiero llorar no lloro”, la versión cinematográfica de la novela homónima de Miguel Otero Silva dirigida por Mauricio Wallerstein. La locación era “Macondo”, la casa familiar de los Otero Castillo. María Teresa Castillo en esa época aún de Otero Silva nos invitó a formar parte de los figurantes, fuimos mi hermana mayor María de Los Ángeles y su mejor amiga, mi hermana María del Pilar Romero. Llegamos a la mansión y luego de un breve tour por la hermosa residencia colmada de obras de arte, la propia mamá Teresa, como la llamábamos todos sus pupilos ateneístas, nos condujo al patio, ya iluminado para la filmación y ambientado como una fiesta de quinceañera pudiente. Uno de los personajes principales, Victorino Peralta personificado por el actor mexicano Valentín Trujillo, llevaba a una chica a la fiesta que se desnudaba mientras sus compañeros niñatos patoteros lanzaban a la cumpleañera y a su padre a la piscina, como un acto de rebeldía y burla a la burguesía a la cual pertenecía el conflictivo joven Peralta. La chica era la hermosísima actriz Chony Fuentes. Por lo escabroso y delicado de la grabación seleccionaron a los invitados entre los actores amigos del Ateneo de Caracas, por eso fuimos testigos y participantes de aquella emocionante experiencia cinematográfica. Recuerdo a un Mauricio genial y diestro, a Abigaíl Rojas que era productor, dándonos indicaciones a todos. Estaba extasiado, enamorado del plató de rodaje, de todo aquel nerviosismo y agitada logística del cine. Cuando llegó el momento del grito de acción, la talentosa y sensual actriz bailando en su espléndida desnudez casi sufre un desmayo por la intensidad de la escena; el director gritó: ¡Corten! Mauricio corrió hacia ella, la cubrió con un abrigo y la consoló por un buen rato mientras la actriz recuperaba aliento y pudor. Chony había tenido una experiencia tan poderosa como yo entre los extras. Una talentosa actriz y estupenda compañera con la que tuve la distinción de trabajar en varias producciones de televisión.

En mi primer apartamento en El Paraíso en los años 70, la imagen que regía el salón era una fotografía gigante del David de Miguel Ángel que se encuentra en la Galería de la Academia de Florencia. Aquel poster de la escultura más perfecta de la desnudez, servía de conjuro artístico para invitados y aventureros. Adoración de la perfección y una invitación para los visitantes.

Guardo un recuerdo magnífico de niño en mi Angostura natal, donde tuve una amiguita vecina que bailaba desnuda sobre la batea de su casa mientras yo la contemplaba con ojos de asombro y una extraña mezcla de placer, admiración y deseos pueriles. Desde aquella fascinación vendrá la desnudez en gran parte de mis espectáculos, aunque una vez dije ante el asombro de mis artistas Theja: “en mis montajes nunca hay desnudos”; por supuesto que hicieron un esfuerzo inmenso para no reír delante de mí. Yo era el típico director de teatro que aterraba a mi elenco en los ensayos finales.

Aroldo Betancourt en Calígula, una Pasión sin Futuro – 1981

En nuestro segundo montaje del Theja “Mientras se espera la muerte” de la temporada 1975, el primer espectáculo alejado de los salones del liceo, el arrojado joven actor Carlos Rojas, se mostraba desnudo como un cristo criollo torturado por el dominio de una aterradora tiranía. Una imagen que hemos visto repetida en la realidad noticiosa de nuestros días. En “Calígula, una pasión sin futuro” en la sala Rajatabla del Ateneo de Caracas durante la temporada 1981, Aroldo Betancourt se desnudaba en el recreado ambiente decadente de un prostíbulo de carretera llamado Bar Roma, que celebraba los mismos años de existencia de la democracia venezolana, bajo el yugo de aquel devenido dictador megalómano, violento, amado y deseado por las víctimas de sus atroces imposiciones y perversiones, confundiendo la ficción de una velada cultural con la realidad del país burdel. Algunos en el público se reconocían enajenados por la agresiva desnudez del viril Aroldo, pero también impresionados de la espléndida juventud de Marco Beria.

Javier Vida e Irene Arcila y Ulises Santamaría en Salomé, otra pasión sin futuro – 1982

Los desnudos de todos en “Salomé, otra pasión sin futuro”, incluida la belleza virginal de Irene Arcila, la esbeltez de German Mendieta, la musculatura de Ulises Santamaría y la piel morena de   Marcos De León, dejaron al público sin aliento. La beldad del elenco y su desfachatez formaban parte de la perversión wildeana de un transexual, representado por Javier Vidal, ahogado en su exacerbada sexualidad. En el primer montaje de “Marilyn, la última pasión” era imposible dejar de extasiarse ante la figura del hoy reconocido humorista Wilmer Ramírez, y en el segundo montaje de los noventa bajo la dirección de Vidal, documentado en una grabación familiar en la Sede Virtual del Theja, un desinhibido Frank Spano, desnudo en proscenio, impactaba las gradas de la platea del Alberto. Montajes como “Hipólito Velado”, entre otros, atraía la morbosa curiosidad del público por ver a nuestros artistas desnudos en escena, mientras escandalizábamos a los pacatos. El Theja siempre fue una experiencia atrevida. Recuerdo la anécdota de una amiga quien vio tantas veces “El público”, en mi versión libérrima de la obra de Federico García Lorca, que me atreví a preguntarle qué le atraía tanto de la obra para repetirla, y me confesó descaradamente que al llegar a su casa desnudaba a su marido y lo hacía bailar para su complacencia. Un placer que descubrió mirando aquel espectáculo de belleza poética y enfurecida sexualidad.

Hoy los desnudos están en todas las producciones realizadas para las plataformas streaming. Las actrices destapan sus pechos con naturalidad, mientras los actores tienen que cuidar las nalgas en sus rutinas de gimnasio. Puede parecer una necedad, pero el desnudo va retomando su naturalidad en la expresión artística como la tenía en la escultura de la antigüedad clásica. Los creadores recurren a la desnudez no como una sexualización del discurso, ni mucho menos despertar la curiosidad morbosa de los espectadores, sino como visión de la naturalidad, en la búsqueda menos estética y más propia de la realidad. El desnudo en el arte tiene la ética de la organicidad, de la armonía del cuerpo sin afeites ni encubrimientos. Una manera de desenmascarar las acciones de los personajes, la imagen de nosotros en el agua de los ríos o en los espejos de las paredes, de las vidrieras que nos rodean. Una forma de despojarnos de la vergüenza del pudor, de abrir el espectro de la estética a la propia belleza del origen. La realidad a través del espejo. Porque los espejos nos devuelven algo más que nuestra efímera imagen. De ahí nace también lo que ha sido mi manera de indagar en el teatro, de expresión y relación del actor con el espectador. La teoría del espejo.

Vivimos tiempos tan violentos como los que reflejan nuestros montajes. La violencia como acción desencadenante para atemorizar, para dominar, para pervertir. Una mascarada que propicia el poder en su círculo vicioso. No es un discurso artístico ni mucho menos estético, es la antiética, la burla, la mentira, la brutalidad. Estamos desvalidamente desnudos.

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José Simón Escalona

Nace en Ciudad Bolívar, Edo. Bolívar, Venezuela, el 17 de mayo de 1.954. Estudió Arquitectura en la Universidad Simón Bolívar y Artes en el Instituto Pedagógico de Caracas. Inicia su actividad artística como actor en 1.967 y funda el GRUPO THEJA en 1.973, agrupación cuyos éxitos han traspasado nuestras fronteras y en la cual se desempeña como Presidente Fundador y Director Principal.

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